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Cristian Valenzuela: «Correr a ciegas».

Correr a ciegas, o sea correr sin ver. ¿Has intentado alguna vez saber lo que es moverse en la oscuridad absoluta?

Es realmente paradójico  que cuando niño le tenía miedo a la oscuridad. Dicen que la vida es sabia y a veces te enfrenta a tus temores mas grandes para que los puedas vencer.

Es domingo y mientras la mayoría duerme, otros recién se están acostando volviendo del carrete  La alarma  del reloj en mi  celular interrumpe la quietud de la madrugada,  como también  aquel sueño profundo en el que dormía. Abro mis ojos y busco mis zapatillas a tiendas, como también mi ropa deportiva. No enciendo la luz, porque hacerlo no me servirá de nada. Soy ciego desde hace un tiempo y hoy toca correr. Lo que si enciendo es la radio, coloco algo de rap chileno para comenzar bien el día y motivado.  Después de vestirme pongo el hervidor, busco el pan comprado el día anterior, ya que no hay ningún negocio abierto a esta hora. Abro el refri  y busco la mermelada para prepararme un pan y desayunar mientras espero a mi guía que pasará por mí muy pronto.

Suena el timbre cuando el reloj ya marca las 06:00. Que puntual ha sido esta vez. Abro la puerta y antes de saludarme me comenta prende las luces, está súper oscuro acá. Yo le digo es que estoy ahorrando. Al parecer él no me ayudará a ahorrar.  Las enciende y  no cambia nada a mí alrededor, todo sigue igual que siempre, pero no pasa nada, ya estoy acostumbrado.  Entra y desayunamos juntos Un café cargado y un pan con mermelada de durazno. Energía, carbohidratos y una buena dosis de cafeína a la vena para tener una buena carrera.

Dicen que hay que ser loco para correr   y no sé si eso sea un denominador en común para todos los que lo hacemos. Pero yo acepto, estoy seguro y compruebo cada día que es así.  Incluso debo comentar que me gusta serlo. Gracias a eso estoy nuevamente en una partida. Abrocho bien mis zapatillas en oscuridad mientras ese aroma a pasto, tierra mojada, café recién echo, tostadas, algún aroma   en particular  me ayuda a entender que pasa en mi entorno. Una cuerda que me une con mi guía, que es el fiel reflejo del propósito que tenemos para estar ambos juntos en ese momento y lugar. Un amigo del camino, un complemento, un apoyo al otro lado de la cuerda. Un reloj que parte su marcha, con un pitido ya conocido. los sonidos que comienzan   a pasar y a quedarse a tras poco a poco y una gráfica que se abre en mi cabeza, específicamente en mi imaginación. Gracias a Dios vi, por la cual tengo ciertas nociones para que los sonidos pinten imágenes. Sin cuestionar si estoy viendo o imaginando corro, confiando plenamente en mi guía como en mis otros sentidos, muy pendiente de las instrucciones y movimientos de la cuerda. El aire acaricia la piel descubierta de mis brazos y piernas, y las sensaciones y emociones comienzan a correr conmigo, en mi interior, muy dentro de mí. Siento como leen la superficie mis zancadas, como también escucho las de mi guía cuando lo hacen. Tierra, cemento, arenilla reconocen  dependiendo del lugar o el tramo que estemos recorriendo.

El ruido de la partida comienza a quedarse a nuestras espaldas y la meta se acerca centímetro a centímetro con cada paso que damos. Comenzamos a recorrer los kilómetros y me interno en el monólogo  interno, el desafío íntimo que es correr. Piso firme, con determinación  para que no me pille de improviso alguna irregularidad del recorrido.  Paso a paso voy descubriendo diferentes manifestaciones de mi cuerpo. Los primeros momentos de carrera pasan tranquilos gracias a los entrenamientos pero luego empieza a incomodar, como  el cansancio no se hace esperar. La respiración se agita, las piernas comienzan a endurecerse, empieza a doler un poco, incluso mucho a veces. Todo esto sumido en un análisis profundo de cada instante, de esa lucha interna de la que solo pueden entender los que han corrido, aquellos bruscos cambios de ánimo, la posibilidad de abandonar, el sobreponerse  y seguir, ese segundo aire, de lo que fue, de lo que me gustaría que fuera y otras tantas cosas que se olvidan cuando se comienza a divisar el final de la carrera. Ahí hay que sacar fuerzas de no sé dónde y comienzas a rematar, apuras poniendo tu último esfuerzo. Cruzas meta y te sientes feliz porque lo lograste. Y por si fuera poco, todo esto intentando nunca perder la coordinación con la cuerda y tu guía.

Dos personas dando lo mejor de cada uno.  A veces me canso, a veces le toca a él.  Me comprende, lo comprendo. Lo acompaño, me acompaña. Un binomio como dijo un periodista amigo muy querido. Es un trabajo en equipo en este deporte tan solitario que es el correr, que a veces se transforma en amistad, como otras veces es solo tu compañero de competencia.

Lo primero que tuve que hacer fue vencer el miedo a correr sin ver, ya que incluso podía sentir el cambio de temperatura y yo me frenaba porque pensaba que era algo con lo que podía chocar.

Hoy sigo sintiendo miedos pero no a no poder ver, hoy entiendo que es parte de mi vida y eso no me hace ni mejor ni peor a nadie. Hoy corro sin preguntarme ni cuestionarme si estoy viendo mí alrededor. Ya que Hoy comprendí que corro por un propósito superior.

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