Grandes Historias

Eduardo Alvarez “Maratón de Chicago 2018, un relato íntimo y personal”

Son las 07:36 hrs del domingo 07-10-2018, me encuentro en Chicago cruzando la línea de partida junto a 6 amigos chilenos. Esta aventura había comenzado varios meses antes, todos tuvimos la fortuna de quedar seleccionados para esta maratón y pudimos coordinarnos para arrendar una casa y hacer el viaje en patota. 

Por un momento, todos los nervios acumulados, el estrés, la tensión y la ansiedad desaparecen, comenzaba así mi tercer Marathon Major.

En unos pocos minutos vi cruzar flashes de todo lo que me tocó vivir para llegar a este momento, me emocioné los primeros minutos de carrera, sentía como todo lo entrenado no servía, estaba corriendo con el corazón, me sentía fuerte y veloz, pero lentamente fui volviendo a ser más racional. 

Las condiciones climáticas de ese día me favorecían enormemente, estaba nublado, con una temperatura agradable, ya había llovido y presentía que durante todo el circuito estaría así. Error, no estoy muy seguro, pero creo que ya estaba en el Km 7 u 8, cuando comencé a sentir que mi cara se humedecía por gotas de lluvia, tenía una maravillosa vista al lago Michigan que desapareció de mi panorama, era realmente intensa la lluvia. Bueno, me creo todo un maratonista, que me hará un poco de agua no?.

Km 12, la lluvia persistía y ya no me sentía tan cómodo, mi ritmo zigzagueaba y las piernas comenzaban a sentirse un tanto más pesadas. Tenía claro que la señal GPS no tenía una buena precisión así que cada cierto tiempo miraba el cronómetro, me había aprendido los tiempos de los kilómetros importantes, ese era mi método de control. Ya volviendo en carrera, y pese a la lluvia, era realmente gratificante como la gente salía a apoyar a los corredores, ya circulaba por el Km 18 o 19, plena ciudad, algo gris por la lluvia, pero me sentía motivado por el apoyo que se dejaba sentir. 

Poco antes de completar la primera mitad, debo reconocer que me sentía algo más pesado de lo que debería, y se me insinuaban calambres en ambos cuadricepts, no le tomé mucha importancia, no era el momento por lo demás. Cruzando la mítica milla 13.1 (La media maratón allá la marcan en el Km 21.1) observé que mi tiempo iba perfectamente según lo planificado, pero tendría que ajustar mi tiempo objetivo, ya que no me sentía óptimo.  Estaba volviendo a correr una maratón después de una importante cirugía de fijación de columna en mi zona lumbar. Ya habían pasado 10 meses, pero acá estaba, cruzando la primera mitad de la maratón de Chicago. Volvieron los flashes, como olvidar los primeros entrenamientos para Chicago o las interminables sesiones de Kine(fueron 50 en total). A propósito, aún sigo agradeciendo a los chicos MEDS por eso.

No se si les pasa, pero en una maratón tienes tanto tiempo para meditar, que los flashes son muy frecuentes. En mi caso, siempre trato de enfocarlos lo más motivacionalmente posible. Incluso hasta veo a Rocky que me pasa por un costado jaja.

Los siguientes kilómetros fueron cada vez más tortuosos, la lluvia persistía intermitentemente, y la humedad comenzaba a dejarse sentir con más fuerza. No por nada Chicago es conocida como la ciudad de los vientos, porque hasta el Km 30 a 32 sentía como me hacía perder ritmo y me costaba cada vez más movilizar las piernas, volviéndose casi un acto consciente, lo que claramente me preocupaba, porque era una señal que el muro andaba rondando.

Cuando te acercas al muro sientes como si no tuvieras energía, y tus movimientos dejan de ser reflejos. En este punto, es importante la cabeza, y me acordé de una gran frase que uno de mis amigos escribió en el chat de grupo “With a strong heart and a good mind, you can do it”, del mismísimo récord mundial de maratón Eliud Kipchoge.

Recuerdo que a esa altura, lo único que quería era llegar al km 38, porque estaría mi señora y mi pequeña hija de 2 años al borde del circuito. Creo que eso me mantuvo concentrado para no decaer y bajar los brazos. Estaban en el km 40, inmediatamente después de un puesto de hidratación, fue rápido, las pude divisar y me acerqué a ellas, las besé efusivamente y seguí. Fue una inyección anímica a la vena, justa y necesaria.

 

 

 

 

 

Los últimos 2,195 km fueron un reto. Sentía todo acalambrado, las zapatillas muy pesadas por el agua, cada zancada se llevaba toda mi energía, pero de algo estoy seguro, esos 2 besos del km 40 tenían magia.

Por alguna razón, los últimos 195 m de una maratón se sienten eternos, pero tengo la teoría, que permiten darte el tiempo suficiente para contener tu euforia de cruzar la meta alzando los brazos. Chicago no fue la excepción… fue una nueva victoria.

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