Cuando cruce la meta el año pasado luego de mis terceros 21k de Santiago, lo primero que me dije entre lágrimas fue “el próximo año vas por los 42”, llevaba poco andar de lo que sería mi último año de carrera y ese día domingo sería la segunda vez que vería a una amiga que actualmente es mi novia.

Transcurrió el año y estaba entre 3 frentes: mi carrera profesional, el amor y el running. La carrera profesional pareció un Trail de los mas brutales, con desniveles insospechados, pero termine esa carrera hace 2 semanas. El segundo frente no menos importante partió 2 días antes del medio maratón, y quedamos de vernos ese domingo post carrera, haciendo de galán le regalé la medalla y hasta el día de hoy me acompaña en toda carrera que vaya.

30 de noviembre y los estudios no iban tan bien, había reprobado hace poco un último internado y sentado frente al computador dentro de mi pena decidí inscribirme en los 42k de Santiago, una prueba más para demostrar que podía con un duro escollo, había corrido poco durante el año, pero sabía que podía cumplir con la madre de todas las carreras.

Dentro de todo debía considerar de sobremanera que sería un sacrificio grande, viajar todos los días desde Rancagua a Santiago (más específico a Cerrillos) y volver tarde a estudiar, entrenar y descansar. Mis amigos de “RockRunning Rancagua” (club del cual me retiré) sabían en lo que estaba y me anclé a ellos para entrenar, pero sin un plan, solo sumando kilómetros para llegar de la mejor manera posible.

Trascurrieron los meses, entrenamientos hasta que llegó el 15 de marzo cuando un correo de mi Universidad me daba la fecha de examen de título, pare los entrenamientos, y enfocado solo en rematar el Trail mencionado unos párrafos antes. Perdí toda condición ganada en 3 semanas, pero no iba a rendirme, y vamos para adelante que este es tu año, me lo repetía una y otra vez.

Llegó el día, estaba en la zona de guardarropía pensando “en que cresta me metí cuando me inscribí por allá 30 de noviembre en los 42”, la suerte echada y listo, un poco de calentamiento y vamos, iba con una ilusión tremenda, pero a la vez cuando encajone me bajo todo el nervio, pero una vez más me dije “en terminaste tu carrera universitaria y no vas a terminar esta sea”.

Partí ansioso y lo note cuando llegue al primer kilómetro, empecé a bajar el ritmo, para ir tranquilo y disfrutando, cuando llegué a la subida de Matta, ya sabía a lo que iba, había corrido tres 21k en Santiago y cachaba de lo que trataba, paso firme y tranquilo y así me mantuve hasta Pocuro cuando se separaban los 21 y 42, seguí firme hasta llegar a Vespucio, el que dicen que es un infierno y quería vivirlo, rodeando la rotonda Grecia se me salió el Massu “nada es imposible, ni una wea”, y vamos, a los pocos metros, vi un corredor totalmente acalambrado, pare mi reloj, y lo asistí (me salió el lado kinesiólogo) y ya recuperado el corredor, seguí esta vez ya más lento, las piernas me empezaron a pesar. Llegando a escuela militar iba un poco más cansado y acalambrado, pero las ganas seguían ahí, pero iba con un hambre brutal, y así seguí hasta el aprox. kilómetro 32 que le pregunte a otro corredor si tenía algún gel o dulce para abastecerme, afortunadamente sí y con 2 gel le di hasta el kilómetro 42, no sin antes ya más relajado tirar hasta la talla a carabineros que me dieron ánimo, me dicen “vamos Cristobal, queda poco”, a lo que respondí “No pueden poner un guanaco para correr más rápido”, las risas de ellos y de algunos corredores fueron otra inyección de ánimo para animarme, ya en Plaza Italia, me volví a decir “mira weon todo lo que lograste, te queda nada”, en eso pase a un corredor que poco antes me había pasado a ritmo de keniata, y me dije “lo pasaste, ya ahora aguanta que le ganas”. Empecé  a apurar el tranco firme, fuerte y hasta un poco rápido, llegando a la Biblioteca nacional mire atrás a ver si venia el corredor sobrepasado y lo divise a lo lejos, así que seguí firme, ya ver a toda la gente con sus medallas y dándote ánimos era emocionante, más aun cuando me hicieron el aguante mi amiga Pauli y su pareja Jorge que a punta de gritos me dieron más ánimos, veía la meta y mis piernas estaban livianas, como si estuviese recién empezando, cruce en 5 horas y quizás un poco más, no lo creía, me cayeron un par de lágrimas, y lo primero que hice luego de recibir los servicios de la carpa, abracé a un amigo que fue un pilar fundamental, salude a unos conocidos y partí a buscar a mi novia para fundirme en ese abrazo que me reconfortó y me dio a entender que nunca me dejará solo, que estará en cualquier meta donde vaya.

¿2019? No lo sé, el tiempo, los entrenamientos y las ganas de superarme me dirán si voy o no por otros 42. Por mientras disfruto de haber cruzado la meta, ser feliz con mi novia y ser kinesiólogo.

Howdy,
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