Llegué a Buenos Aires dispuesto a correr mi cuarta maratón en la conocida ciudad “que nunca duerme”, con el ánimo muy elevado. Pero con un entrenamiento cumplido al 70%. Cambios de trabajo y de horarios, me hicieron replantear mis rutinas y tuve que enfrentar el desafío apelando a la experiencia de mis 12 maratones previas.

Por allí durante una clase, un alumno me dijo: “a veces hay que recurrir al ADN de un deportista para llegar a la meta”. Y así fue en esta oportunidad. Consciente de que no iba a hacer marca, me propuse disfrutar la carrera y compartir con amigos chilenos que llegaron en masa el pasado domingo 15 a recorrer uno de los circuitos más bonitos y cómodos de Sudámerica.

Reconocida por su altimetría amigable -bien plana en casi todo su recorrido, así como su alta humedad-, el Maratón de Buenos Aires siempre es un desafío mayor.

El día sábado, luego de recorrer la Expo Maratón (si bien no muy grande, bastante nutrida en cuanto a productos y artículos deportivos), correspondía un almuerzo de pastas y mucha hidratación.

¡Y llegó la hora! Acompañado por un grupo de amigos de Santiago Runners y un alumno de Runners Peñalolén (Cristián Aguirre), nos reunimos puntuales a la 6 de la mañana para las fotos de rigor, el calentamiento y la arenga propia de los corredores.

Una hora después, la música de Soda Stereo (con la canción “De música ligera”, que repetía una y otra vez “nada más queda…”) se dio el inicio a la competencia, y partimos por la aventura que esta vez registraba más de 8 mil personas provenientes de todas partes del mundo.

Es cierto que la ansiedad, el cansancio y la concentración de ir paso a paso pensando en el objetivo de cada uno y miedo a pasar el temido “muro”, a veces nos impide disfrutar del entorno. Pero es indudable también que los barrios de la capital argentina tienen su propio encanto imposibles de obviar: el Obelisco, La Boca y Puerto Madero, entre otros, se disfrutan aún más gracias al apoyo de las personas que te empujan a no detenerte. ¡Y también a salir mejor en las fotos!

Siguiendo en la ruta, los últimos 10 kilómetros son un verdadero agrado al ir disfrutando de la costanera y viendo el Río de la Plata en su máximo esplendor. Un paisaje que alivió el último empuje y que me sirvió para disfrutar de la experiencia y no agotar mis, a esas alturas, escasas energías que de no ser por la excelente hidratación (agua e isotónicas cada 3 kilómetros por ambos lados de la calles, un acierto) y los excelentes puestos de frutas y geles, seguro me hubiera visto complicado. 

Ya en los últimos cuatro kilómetros entrando a la Ciudad Universitaria, el ambiente es único. Todos apoyando e los gritos indicando que queda poco, me impulsaron a levantar las manos en la meta y confirmar esa inigualable sensación de cruzar tus límites y sentirse superhéroe al menos por unos minutos frente a todos.

Si bien mi tiempo de 3:53 minutos no fue una de mis mejores marcas, disfruté una nueva experiencia en este lindo camino como deportista.

No queda más que agradecer a mi familia y amigos de mi Club Santiago Runners -fieles acompañantes en cada entrenamiento-, y a mis alumnos de Runners Peñalolén, que siempre están dispuestos a dar una palabra de aliento.

Ahora, a descansar unos días, preparar las últimas competencias del año, y el Maratón de Rapa Nui en junio de 2018.

Por Pablo Carrasco Trebilcock

Socio Santiago Runners

Conductor “Corriendo Contigo”

Director Ejecutivo Zapatilla Running

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