Me llamo Marco, soy italiano y llevo cinco años en Chile; acá, gracias a mi señora, Paola, he empezado a correr. Junto a ella comenzaron mis primeras carreras en 2013, entre ellos corrí mis primeros 21 kilómetros en el Maratón de Santiago, con un propósito: acompañarla a ella en algo personal y muy importante. Llegamos a la meta con un buen tiempo de 2 horas 11 minutos y muy felices.

Ahí Paola me presentó a Pablo Droguett y gracias a el desarrollé mi técnica del running y pensé en mejorar mi tiempo en el medio maratón: así fue y cuando llegué a la marca de 1 hora y 33 minutos en Viña. Luego de ese logro me di cuenta qué podía perseguir un sueño: correr un maratón.

Mi primer maratón fue Santiago 2015 con 3 horas y 33 minutos y fue una emoción inolvidable. Ahí empezó mi tremenda adicción al running, qué me ha llevado hasta hoy. Me asocié a los FullRunners y pude compartir mi pasión con mucha otra gente como yo, aprendí mucho sobre como correr y disfrutarlo en compañía, y escuché a los preciosos consejos de Lenka, Pablo, Felipe y todos los demás. Después de correr cuatro maratones en Chile (dos veces Santiago y dos veces Viña) y obtener mi mejor marca en Viña 2017 con 3 horas 27 minutos, decidí correr un maratón en Italia.

Habían dos opciones para Abril 2018: Roma o Milán, así qué me metí, un poco jugando y un poco pensando en serio, en la pagina internet del maratón de Milán y empecé los tramites para inscribirme, y cuando vi qué se acercaba la fecha, el día y la hora, qué no era un juego, qué en realidad iba a correr mi primer maratón en mi país, por las calles de Milán qué tantas veces había pisado en distintas circunstancias de mi vida.

Organizamos el viaje a Italia con mi Señora y mi hijo y partimos. Los tramites son un poco mas complicados qué en América Latina: hay qué obtener un certificado medico deportivo y asociarse a un club de runners o comprar una tarjeta anual qué se llama Runcard.

Llegó así el día del retiro del kit, como siempre el momento en qué la emoción sube y entras en el clima de tensión: la Expo es muy linda, hay muchas cosas interesantes y deportistas de alto rendimiento contando sus experiencias y dando sus consejos; entre ellos he tenido la posibilidad de ver y escuchar a un ídolo de la gimnasia y del deporte italiano en general, el campeón olímpico Yuri Chechi. Nos sacamos miles de fotos, compramos algunos recuerdos y volvimos al Hotel: ahí empezó la típica noche de pasión previa al maratón, tratando de distraerse y quitar los nervios del cuerpo y la mente pegando el numero 3220 a la polera, preparando y cargando todos los artículos, y durmiendo nada o poco.

Obviamente el despertados de las 6 de la mañana me encontró ya despierto: una ducha, un poco de desayuno y vamos a tomar el metro desde la Piazza Duomo, un saludo y un rezo a la Madonnina, la virgen dorada situada en el punto mas alto del Duomo, y me fui al Parco Montanelli donde me esperaba la largada del maratón.

Encontré todo muy bien organizado, no me costó nada caminar hasta mi punto de partida; a pesar de la enorme cantidad de participantes, divididos y controlados en espacios separados por tiempo acreditado,  no me sentí acorralado. Los latidos del corazón subieron cada minuto mas y llegaron a su máximo cuando tocaron el Inno di Mameli: sus notas me sacaron unas lagrimas del corazón y de los ojos.

A las 9 en punto la carrera largó, sentí como y mas qué siempre la adrenalina guiar mis piernas y llevarlas por las lindas calles de Milán junto a miles de personas más. Después de 10 kilómetros tomamos el Corso Vittorio Emanuele, donde sabia que me esperaban mi Señora y mi hijo e al verlos la emoción fue muy grande, paré a darles un beso a cada uno y partí de nuevo mas fuerte qué antes, hacia el Duomo, el Teatro della Scala, el Castello Sforzesco y todas las bellezas de esta ciudad. Hallé fantásticos los puntos de hidratación: eran bastante largos, de forma qué los corredores no se toparan, y tenían de todo: fruta, agua, bebidas energéticas, geles y esponjas para mojarse.

Toda esta belleza llevó mi ritmo mas allá de lo qué mis condiciones reales me permitían, así que, sin darme cuenta, llegué a correr los 32 kilómetros delante de los pacers de las 3 horas y veinte: cuando vi sus globos verdes pasarme me di cuenta qué había corrido algo demasiado rápido; lo peor fue cuando se dieron cuenta de eso mis piernas, y llegó la típica crisis del kilómetro 32. Tuve qué bajar mucho el ritmo para llegar a la meta sano y sin lesiones y renunciar conscientemente a mejorar mi marca.

Con el solo hecho de pensar en mi familia esperándome en la meta, no me permitía el renunciar a cruzarla: las piernas dolían, la bencina se había acabado pero saber qué mi hijo me estaba esperando ahí para cruzar la meta conmigo me sacaba las pocas energías qué me quedaban en todos los rincones de mi cuerpo: así pasaron los kilómetros 33, 34, etcetera la gente, viéndome cansado y sufrir, me alentaba por mi nombre leyéndolo en la polera, y me decía: “Andiamo Marco, manca poco”, “Vamos Marco, falta poco”.  Después de este calvario donde en la cabeza del maratonista nunca falta la idea “este va a ser mi ultimo maratón”, llega la recta del kilómetro 41, y vez al final de ella la curva hacia la derecha qué marca los últimos 200 metros: ahí las piernas recuperan mágicamente la condición de los primeros pasos, y cuando ves a las personas qué mas amas ahí esperándote y mirándote se acaba todo el sufrimiento y se transforma en una enorme alegría: Paola me pasó en brazo al José Tomas y crucé la meta con el sintiéndome la persona mas feliz del mundo: para mi y para el las 3 horas 40 minutos qué marcaba el reloj valían como un record olímpico.

Howdy,
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