Los Juegos Olímpicos de Roma en 1960 habían marcado un hito para las carreras atléticas de larga distancia con la victoria del etíope Abebe Bikila. Con sus pies descalzos, Bikila inauguraba el dominio de los corredores de las altiplanicies africanas (etíopes o kenyatas) que se extiende hasta nuestros días y que los convirtió en la NBA del atletismo de fondo.
 
Bikila era virtualmente un desconocido cuando llegó a Roma y se llevó el triunfo en 2 horas, 15 minutos, 16 segundos y 2 décimas, estableciendo un récord mundial. Todo se decidió entre Bikila y el marroquí Rhadi Ben-Abdessalem. Se cita como un momento simbólico el paso por el kilómetro 40, donde se encontraba el obelisco de Axum, arrebatado por Mussolini durante la invasión fascista a Etiopía de 1936. Afirman que Bikila se decidió a cambiar el ritmo justo allí, aunque difícilmente haya advertido la situación. Lo cierto es que en los últimos 2 km. consiguió despegarse de Rhadi para terminar triunfante bajo el Arco de Constantino, a pasos del Coliseo. “Quería que el mundo supiera que mi país siempre ha ganado con determinación y heroísmo”, afirmó.

El marroquí se quedó con la medalla de plata (2h15m41s) y el bronce fue para Barry Magee, de Nueva Zelanda, con 2h17m19s. Hoy esas marcas no dicen demasiado. Pero hasta entonces nunca se había corrido un maratón por debajo de 2 horas y 20 minutos en los Juegos Olímpicos.
 
Esa prueba, disputada bajo un clima caluroso aunque agradable de 23,2° y atravesando los sitios emblemáticos de la Roma imperial, contó con tres destacados corredores argentinos. Entre ellos, Osvaldo Suárez, quien figuraba entre los favoritos y ocupó el 9° lugar con un récord sudamericano de 2h21m27s, después de sufrir algunos problemas estomacales a la altura del kilómetro 30. Gumersindo Gómez, cordobés, quedó 15° y más retrasado llegó Walter Lemos, 50°.

Al llegar el tiempo de los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 –donde ahora iba a correr con zapatillas- Bikila tenía la condición de favorito. El récord mundial ya se había movido tres veces hasta que en las eliminatorias británicas en Cheswick, el 13 de junio, Basil Heatley lo fijó en 2h13m55s. El etíope, por su parte, solo no había ganado en uno de sus maratones internacionales (Boston 1963, donde ocupó el quinto puesto).
 
El maratón olímpico de Tokio se programó para el mediodía del 21 de octubre, último día de las competencias atléticas, con largada y llegada en el Estadio Nacional, a dos kilómetros del Palacio Imperial. Con un recorrido plano y un clima óptimo, se esperaban grandes marcas. Pero surgió una duda alrededor de Bikila, al difundirse que el 16 de septiembre tuvo que operarse de apendicitis y resignó dos semanas de entrenamiento.

Todo esto fue olvidado con los 68 competidores ya en carrera. Entre ellos, volvía a estar Osvaldo Suárez, pero su mejor forma había pasado y, con problemas hepáticos, tuvo que abandonar después del kilómetro 20. Justo en ese momento Abebe Bikila asumió el control definitivo del maratón, después de una primera mitad dominada por el gran fondista de la época (pero en pista), el australiano Ron Clarke.
 
Hombre que marcó una notable seguidilla de récords mundiales durante la década del 60, llevando a las carreras de fondo a una nueva dimensión, Clarke sufrió el infortunio olímpico: nunca pudo alcanzar la medalla dorada. En los 10 mil metros de Tokio tuvo que conformarse con el bronce y, en los 5.000, apenas quedó noveno. Frustrado, decidió intentar suerte con el maratón, donde no tenía mayor experiencia. Y marcó el ritmo de la carrera –pasaje de 45m35s en los primeros 15 kilómetros- hasta que el etíope se aproximó y demostró quién mandaba en las distancias más largas.
 
El único que intentó seguirlo fue el británico Jim Hogan, pero pagó más adelante ese ritmo demoledor. Bikila le llevaba una ventaja de 40 segundos a la altura del kilómetro 30. Y tenía 3 minutos sobre el pelotón que le seguía cuando alcanzaron el kilómetro 40 y se aproximaba el final. Japón es un país con notable tradición en carreras de fondo y una multitud de 75 mil espectadores le tributó una emoción conmovedora a Bikila cuando, con su paso elegante, seguro y solvente, ingresó al Estadio para la vuelta final.

Terminó en 2 horas, 12 minutos, 11 segundos y 2 décimas, estableciendo nuevamente el récord olímpico y mundial, y convirtiéndose en el primer atleta en la historia en retener la corona del maratón en los Juegos, algo que desde entonces sólo pudo emular el alemán del Este, Waldemar Cierpinski (1976-1980), aunque considerando que en la edición de Moscú faltaron los atletas occidentales por el boicot.
 
Aunque Heatley resignó su récord del mundo, tuvo la gran satisfacción de la medalla de plata, que le arrebató en la vuelta final al japonés Kokichi Tsuburaya: 2h16m19s2 para el británico 2h16m22s8 para el local. Y Clarke, al menos, pudo concluir en el top 10 con su noveno puesto. Habían largado 68 corredores y diez de ellos, incluyendo a Suárez, no terminaron.
 
Bikila aún intentaría una tercera, en México (1968), pero tuvo que abandonar en el kilómetro 17. Igualmente, la victoria quedó para uno de sus compatriotas, Mamo Wolde. Un año más tarde, sufrió un grave accidente automovilístico, quedó en silla de ruedas y murió en 1973. “Abebe Bikila hizo que nosotros, los africanos, pensáremos: si él pudo hacerlo, nosotros también”, escribió el más famoso entre sus herederos, Haile Gebrselassie. Las gestas de corredores etíopes y keniatas –ahora también ugandeses- se prolongan hasta nuestros días. Abebe Bikila, el héroe de los pies descalzos, fue el precursor.

Howdy,
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