Hace un año no pude correr la maratón de Viña Del Mar porque me diagnosticaron Colitis Ulcerosa y tuve un tratamiento con corticoides por lo que me prohibieron entrenar para un maratón. En noviembre de ese mismo año pude volver a entrenar y como objetivo era bajar las 3 horas en la maratón de Santiago, y lo logré con creces. El objetivo del segundo semestre sería la Maratón de Buenos Aires ya que todos las opiniones de corredores que habían participado decían que es una buena maratón porque la altimetría es casi insignificante por lo tanto la hacía una maratón menos complicada que la de Santiago.

Comencé el proceso de preparación en pleno invierno lo que lo hace más difícil por las bajas temperaturas y la falta de luz natural desde muy temprano, pero al lado de un buen equipo como lo es Warnke Running Team se hace todo más llevadero y gratificante. Este club es tremendo y no por la cantidad de corredores sino que por la calidad de sus integrantes, partiendo por sus entrenadores Carlos Warnke y Valeria Argandoña, tremendos ambos.

En total fueron casi 5 meses de preparación para la maratón de Buenos Aires, con frío, con lluvia pero siempre con buen ánimo.

Dos meses antes del objetivo del segundo semestre comencé con molestias en una de mis rodillas (síndrome de fricción iliotibial) tuve que parar un par de semanas de entrenar y decidir bajar las cargas de entrenamiento el tiempo que quedaba hasta la Maratón, es decir, no entrenar todos los días como lo decía el plan del entrenador sino que seleccionar que entrenamientos hacer ( 2 o 3 a la semana) y sacrificar un poco el tiempo que esperaba hacer en la maratón de Buenos Aires con tal de terminar de buena manera y no sufriendo por dolores en la rodilla. Así fueron los 2 últimos meses antes de la Maratón, entrenando a medias pero confiado en que llegaría de buena forma a correr por las calles de “La ciudad de la Furia” y con la ilusión de que al ser un recorrido sin gran altimetría podría volver a bajar las 3 horas.

Así se acercó la fecha de la maratón, el viaje lo tenía planificado hace varios meses y decidí viajar el 17 de septiembre para arrancarme de las tentaciones de las fiestas patrias en Chile, y mi señora aceptó, es ella la que me acepta y acompaña en estas locuras.

La gran incógnita que tuvimos hasta las últimas semanas era la confirmación del recorrido. Lo confirmaron un par de semanas antes y lo habían cambiado al de años anteriores. La verdad no le di mucha importancia y estaba más preocupado de la humedad y la posible lluvia del día de la carrera. Fuimos 4 amigos del mismo club los que correríamos ese día y el viernes ya estábamos todos en tierras transandinas, como corresponde nos juntamos a retirar el kit en la Expo el día anterior para relajarnos aunque la organización quedó al debe en esto ya que había una fila interminable para entrar ya que el lugar era demasiado pequeño para la gran cantidad de corredores ansiosos de sacarse la foto con su número, polera y algún cartel que demostrara el lugar donde estábamos y presumirlo en las redes sociales. Después de la caótica Expo fuimos a almorzar y luego al descanso para el gran día.

El domingo comenzó a eso de las 4:30 am, había que desayunar 2 horas antes y la carrera largaba a las 7am. Nos juntamos de manera puntual a las 6:00 cerca de la largada, a mi me acompañó Alejandra (mi esposa) quien no tuvo problemas en levantarse a las 4:30 conmigo aunque podría haber seguido durmiendo y llegar más tarde a la meta, pero su complicidad en esta locura es total y sin ella sería imposible.

La chicharra sonó en punto a las 7:00 cuando recién asomaban los primeros rayos de luz que amenazaban con ser uno de los enemigos principales  de los más de 13 mil locos que querían comerse desaforados los 42.195 mts en las calles de la capital argentina. Por supuesto que el primer puñado en salir volando fueron los elite, ahí donde están esos corredores pertenecientes a otra especie, esos que no corren, esos que vuelan y que sabemos que ni aunque lo intentemos por 1 km seríamos capaces de seguirles el ritmo. Después veníamos nosotros la masa ansiosa pero concentrada en dar lo mejor de sí, y lograr cruzar la meta, esa meta que cada metro que avanzas pareciera estar más lejana. La largada para mi no fue tan caótica como hubiera imaginado ya que un punto a favor de la organización y del bienestar de los corredores fue el encajonamiento según los tiempos de inscripción, lo que por mi tiempo en la Maratón de Santiago me permitió estar en el primer grupo por detrás de los elite, incluso me enteré después que aparecí por algunos segundos en la transmisión oficial, mi segundo de fama en el canal del deporte mundial jajaja.

La carrera había comenzado y los meses de entrenamiento quedaban en el pasado, la suerte estaba echada y solo quedaba no volverse loco con el ritmo y disfrutar de las postales que nos entregaban las “callecitas de Buenos Aires” mientras fuera posible disfrutarlas, ya que sabía que en algún momento el sufrimiento sería mayor y ya no se podría disfrutar tanto.

Ritmo constante y los primeros 7 km se mostraron amigables, daba hasta para sonreírle a los camarógrafos y el reloj me decía que todo marchaba bien hasta ahí, que aparecía la primera pendiente, no muy larga pero pronunciada. Era un aviso de lo que vendría después pero nada terrible aún, el cuerpo aguantaba bien y la rodilla que tanto molestó en los meses de preparación se mostraba más comprometida que nunca con la misión.

Alrededor del kilómetro 9 llegamos a una de las postales principales, el Obelisco, música fuerte que animaba y la gente que apoyaba, me hubiera gustado algo de Soda Stereo en vez del reggaetón que había pero algo ayudaba igual. Los amigos infaltables con la bandera chilena apoyando, Marie y Carlos se pasaron. Se levantaron tan temprano como nosotros y esperaron ahí pacientes hasta que nos veían y nos dieron más de algún grito de aliento en un español afrancesado que tiene más chuchadas que palabras pero te llenan el cuerpo de energía para seguir dandole.

Las pendientes aumentaban y el falso plano aparecía, kilómetro 15 y llegamos a una autopista que parecía un tobogán, aún no completábamos la mitad de la carrera por lo que las pendientes no significaron mucho, aún quedaban muchas piernas para aguantar. La humedad ya estaba haciendo de las suyas, si bien no fue extrema cómo se pensaba, a los que no estamos acostumbrados nos pasaba la cuenta kilómetro tras kilómetro, un acierto que los puntos de hidratación estuvieran a 2,5 km sino sería imposible.

Nos acercábamos a la mitad y recorríamos La Boca, rodeábamos el coloso templo de Boca Juniors, ese que unas horas después recibiera uno de los clásicos más emocionantes del mundo del fútbol ( para los que somos futboleros), en todo caso no fuimos cábala para los locales porque River se quedó con el partido por 2-0 pero eso es tema de otro relato.

Pasamos la mitad y volvimos al tobogán de asfalto, nos cruzamos de nuevo con el obelisco y ahí seguía la Marie y Carlos grabando, sacando fotos y gritando como unos Barras Bravas del running, tratando de entregar su energía para que nosotros siguiéramos corriendo, nos acercábamos al 30 y el sube y baja que te comía las piernas, la humedad que no daba tregua y el agua que se hacía poca cada 2,5 km. El reloj seguía diciendo que íbamos bien y que el sueño de un nuevo PB era posible pero el cuerpo ya sentía el cansancio y la cabeza empieza a trabajar y a cumplir su rol fundamental, dicen que el los últimos 12 km de una maratón se corren con al cabeza y el corazón, porque las piernas ya dieron los suyo los 30km anteriores. Esta era mi cuarta maratón y en las 3 anteriores no había sentido el temible “Muro” que para mí más que un muro fue la mismísima muralla China. Kilómetro 35 y el ritmo pasó a segundo plano, el PB ya no importa y solo trato de ver cuando aparece el cartelito indicando el siguiente kilómetro, las pendientes continúan y se acercaba el kilómetro 40, la cabeza ya no ayudaba y lo único que pensaba era en querer parar y caminar, lo único que aguantaba era el corazón y la inercia que hacía que las piernas continuaran moviéndose, ni el grito de los otros maratonistas que te invitaban a seguir era suficiente. Última recta y parece que la línea de meta no llega nunca, a esa altura estamos en el monumental de River que indica que solo quedan un par de cuadras de sufrimiento, se ven las banderas y el pasillo final que se hace entre todos los que te gritan y dan ánimo, dicen que ya lo lograste y que solo son 200 metros más. En ese mismo grupo de gente aparecen de nuevo Marie y Carlos, nuestros Barras Bravas que parecen omnipresentes en la capital transandina, por supuesto que también escucho el grito de mi Jany, que lleva 3 horas esperando impaciente en la línea de meta.

Últimos 200 metros y sabes que lo lograste, que todo ese sufrimiento se acabó y la satisfacción es tremenda.

Ya no hay nada más, línea de meta y el reloj se para en 2 horas 58 minutos y 13 segundos, no era un nuevo PB pero era mi segundo sub3 en menos de un año… razón suficiente para que la sonrisa en la cara le gane al dolor y al cansancio.

Brazos en alto y a celebrar.”

Howdy,
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